el blog de sol dellepiane

mayo 18, 2011

Karina Pahissa

Filed under: Uncategorized — by soldell @ 2:31 am

Al estilo de Estudio Karina Pahissa (y Asociados)

Personas que acompañan los saberes específicos de su oficio con un bagaje cultural que los trasciende. Que portan en su haber la resolución de situaciones diversas que les han dado la oportunidad de analizar, discernir y realizar. Personas, en algunos casos, que atravesaron pesares que colocaron la realidad en un foco nuevo. Personas cuyo pensamiento se nutre de la corriente de su tiempo y alcanza conclusiones propias. Personas abiertas a la evolución.

Karina Pahissa da la impresión de encajar en este perfil. Es arquitecta, formada en la Universidad de Buenos Aires por muy buenos profesores, según cuenta. Ejercició la docencia y eso también la enriqueció, asegura. Hija de científicos –sus padres, ambos físico-químicos nucleares, iniciaron la Comisión de Energía Atómica en la Argentina–, dudó entre la arquitectura y la matemática pero está contenta con su elección (las imágenes que acompañan este texto también hablan de acierto). Felizmente casada con un artista de renombre y madre de un bello principito rubio, se encuentra en un interesante lugar de la carrera y de la vida, con mucho construido y mucho por construir.

La forma insospechada

“Creo que lo que aprendés en la facultad es el uso de las técnicas y un pensamiento independiente. Pero como decía mi abuelo sobre la música, el gran artista es el que usa la técnica de forma insospechada. Me encanta eso”. No es la primera vez en la charla que Karina menciona a su abuelo y es que lo reconoce como una figura fuerte en su vida. “Mi abuelo paterno era un músico, compositor y director de orquesta catalán que perteneció al movimiento que hubo a principios del siglo XIX y principios del XX en Barcelona, amigo de Gaudí, muy amigo de Manuel de Falla. Maniático de las matemáticas, después de escuchar a Wagner decidió dedicarse a la música. Hizo su carrera en Barcelona y vino a la Argentina contratado por el Colón. Cuando se lanza la guerra se queda acá, porque como todo intelectual era antifranquista. Cada vez que leo cosas que él escribió, me siento muy identificada”, se explaya Pahissa.

Reforzando la importancia que le otorga a la reflexión independiente, Karina define al buen maestro como el que busca generarla, y “motiva tu propia curiosidad”. Como hicieron con ella Alejandro Pulopulo y Esteban Urdampilleta (con quien además trabajó) y como procuró hacer más tarde desde las cátedras de diseño y de teoría de la arquitectura, en una docencia universitaria que se prolongó varios años y significó “un ejercicio espectacular, porque te da agilidad, la cabeza es un músculo”.

Ya muy joven a Pahissa le encomendaron obras, y en una de aquellas se aventuró a formar su propio estudio. La demanda fue creciente. Para un proyecto que se convertiría en un hito de su carrera, una casa en el Olivos Golf Club, la arquitecta asoció a Javier Sanz. Fue un muy buen comienzo. La obra ganó el Premio Bienal de Arquitectura CPAU/SCA 2002; integró una serie de documentales de Discovery Channel sobre arquitectura latinoamericana representando a la Argentina como casas de Mathias Klotz y Oscar Niemeyer lo hacían con Chile y Brasil; y fue seleccionada –de entre noventa proyectos de todo el mundo–, para formar parte del Archivo Siglo XXI de Clarín. Por supuesto los premios trajeron publicaciones, y éstas, nuevos encargos.

“Por suerte me ha pasado mucho que vinieran clientes a los que ya les gustaba una obra previa. Eso es mucho mejor, porque tiene que haber una entrega –después obviamente de un feedback grande–. Debe haber un acto de confianza. Cuando terminan de darte el sí es cuando salen los mejores productos. A mí me gusta no tener nada prefijado. Partir y no saber dónde vas a llegar, ni yo ni el cliente. Lo mejor es empezar un camino que no sabés dónde termina”, propone.

La sutileza como norma, la poesía como desafío

Lo que la arquitecta sí sabe es dónde empieza ese camino: el punto de partida es siempre el terreno. Lo explica minuciosa: “Hay que entender el orden subyacente de ese lugar, dónde enfocás el ojo. Lo que habla Louis Kahn me parece muy didáctico. El decía que la arquitectura nació seguramente desde que el hombre puso un techo sobre cuatro pilares, pero ésta no ha existido verdaderamente hasta que el hombre no eligió y decidió su emplazamiento, y es esto lo que le confiere a la arquitectura su verdadera razón de ser en el espacio, que si no se cae en el abstracto que nada tiene que ver con la arquitectura. Kahn habla de la arquitectura no como un objeto en sí mismo, sino ligada profundamente al sitio. Ligarla a la tierra y hacerla indisoluble. Encontrar esa clave es esencial. Una casa tiene que ser para ese lugar. Cuando encontraste la clave, empezás a encontrar la casa, salís de la hoja en blanco”. 

Tan necesaria para Karina como la entrega del cliente, es una especie de tarea docente por parte del arquitecto, que estaría obligado a procurar, cuanto menos, que quien tiene delante se plantee cómo quiere vivir, e idealmente opte por una propuesta contemporánea.

“Sos de esta época, actuá en esta época. Hay que ser contemporáneo. ¡No podés irte para atrás, hay que ver qué hay más allá! En las casas actuales el paisaje se te viene encima y pasa a ser parte de la perspectiva interior. Un cliente me decía tengo como siete casas diferentes, yo le decía estás exagerando, pero sí, la verdad que por lo menos tiene cuatro –con las estaciones. Esas relaciones maravillosas empiezan en el movimiento moderno. Sentís el aire, la luz, el viento, y está la posibilidad de que todo se transforme en una gran galería”. Clara y lánguida como es, Karina se enciende hablando sobre arquitectura, y enuncia con convicción un mensaje que le sale de muy adentro.

Definitivamente ha forjado un estilo, porque qué es estilo sino la coherencia entre el ideario expresado y una obra que lo encarna. En sus casas la vinculación entre interior y exterior es una premisa, como también lo es la afluencia espacial interna. “Trato que no haya jerarquización de los espacios sino un continuo; hay escenarios de tu vida que transcurren en el estar, en el baño, en el cuarto, pero intento que todo tenga el mismo tono, la misma calidez. No me gusta que haya un catálogo de situaciones, sino que se vea lo que uno quiere expresar en esa obra. Y eso lleva mucha pulida, mucho trabajo previo”. 

Es precisamente ese trabajo el que considera el rasgo distintivo de su firma, integrada también por los arquitectos Diego Real y Ana Pahissa, prima suya; ambos empezaron acompañándola en distintos proyectos y con el tiempo devinieron asociados. “Creo que en el Estudio cuidamos mucho la sutileza del detalle, la estética de lo necesario, y buscamos que eso parta de la nobleza de lo constructivo, que sea coherente. Lo maravilloso es que vos recorras una casa y parezca obvia, natural; para que suceda eso, debe haber mucho estudio. Vos ves las casas de Mies, o de Scarpa… son tipos de un refinamiento, que es a lo que uno aspira”.

Atenta a los dictámenes del terruño, preocupada por la cohesión de la obra, hay otro tema que la desvela, que tiene que ver con el plano total. En este sentido, arriesga: “No es importante sólo lo construido. Está la cuestión del lleno y el vacío, la presencia y la ausencia. El vacío es tan importante como el lleno”. ¿Abstracto? Sí, pero tan sutil como necesario en el inteligente registro que maneja: “Tenés que lograr que el cliente vaya metiéndose en la poesía de la arquitectura. Hay que lograr esa frecuencia”, dictamina.

Escala propia

El estudio Pahissa se ha centrado en la escala-vivienda. Diseñar una casa tras otra ha ido modificando la visión de la arquitecta sobre esa tipología. Pero en dicha evolución colaboraron también sus experiencias personales, en especial el iniciar una rutina familiar. “Uno va entendiendo cómo pasar de lo teórico al escenario de la vida diaria”, sintetiza Karina con una elegancia verbal de la que ya sobran pruebas.

Con el artista plástico Eduardo Hoffmann y Amancio, el hijito de ambos, habitan una casa antigua que ella ha adaptado a sus ideales sin desvirtuarla. Los ambientes se interconectan amablemente, el interior se prolonga en un cerramiento sobre el jardín (que es pequeño pero encantador), y la espléndida obra del pintor de la familia recorre cada uno de los espacios como cosiéndolos con un hilo de colores irrepetibles.

Hacerse la casa propia, entonces, es tarea pendiente, ya que tampoco podrá proyectar de cero el refugio elegido para las vacaciones y los fines de semana. Fascinados con Colonia, acaban de comprar un campo en los alrededores. “Tiene una casa vieja que voy a re-reciclar. Lo que sí voy a hacer es el taller de Eduardo. El no puede estar sin pintar”, aclara mientras uno intenta figurarse la silenciosa magnificencia del futuro atelier abierto al paisaje quebrado de la otra orilla.

Además de la íntima vivencia de la felicidad y el dolor, con Hoffmann los une una sensibilidad, un modo de ver. Sin que el suyo sea un marimonio añoso, les pasa lo que a los viejitos que se han ido contagiando intereses: “A mí me está encantando la pintura. A él le fascina la arquitectura, se compra más libros que yo; y está haciendo unos proyectos de escultura que por los volúmenes y la escala, están ahí de la arquitectura. Sentís que no tenés que explicar nada… el otro entiende”. 

Hablar de la obra de su marido –con un lugar ganado en el mapa internacional de arte– dispara una nueva reflexión, la última, sobre el oficio que abrazó con vacilación pero que le ha permitido desplegar su impresionante talento. Inquieta y perfeccionista, Pahissa tiende al futuro: “Eduardo me pregunta siempre cuál es mi cuadro preferido, y yo le digo que el que está por venir. Me gusta no encasillarme en una solución. Que, en nuestra pequeña medida de innovación, cada cliente, cada encargo problemático sea un lugar de oportunidad para estirar un poquito el límite. Uno trata de indagar otros lugares a ver qué más hay. Siempre está la esperanza de llegar a ser un buen arquitecto”.

Publicado por D&D 2010.

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