el blog de sol dellepiane

mayo 18, 2011

Marcelo Nougués

Filed under: Uncategorized — by soldell @ 2:04 am

 

Al estilo de Marcelo Nougués

  

Pequeño arquitecto ilustrado


“Para Marcelo, que va a ser un gran arquitecto”.

Así rezaba la dedicatoria del libro Upa que su niñera María Gamba le regaló cuando él cumplió cuatro. De más está decir que Marcelo Nougués atesora el volumen como prueba eterna de lo precoz de su vocación. No hacen falta mayores detalles para esbozar el perfil del chiquito que, a los tres y monedas, ya delataba su preferencia por las cuestiones de espacio. “Desde que tengo uso de razón, dibujé planos. También desde que tengo uso de razón recortaba todos los que salían en los avisos de La Nación: los dibujaba, pintaba y modificaba” (Claro que por más que los signos estuvieran a la vista, no hay que desmerecer la sensibilidad lúcida y cariñosa de quien supo leerlos).

“Ya después, cuando tenía 9 o 10 años –prosigue- me regalaron un jueguito americano que se llamaba Skyline, para construir rascacielos; con Mercedes mi hermana teníamos una estancia de juguete y ahí yo hacía mis edificios; era fascinante”, recuerda. Y en este presente de balances y remembranzas, su hermana sigue en escena, sólo que ya no como compañera de juegos sino como anfitriona, porque el encuentro Nougués-D&D transcurre en el pequeño y encantador restaurante del Museo de Arte Decorativo del que ella es concesionaria.

“En el verano del ´76, Mamá invitó a Pachi Firpo, vecino nuestro en el campo, a comer y le dijo: Tratá de convencer a Marcelo de que no estudie arquitectura. ¿Qué respondió él?: Dejá que haga lo que quiera. Esa tentativa de disuasión diferida fue el corolario de una serie de estrategias montadas por la familia para que Nougués no se dedicara a la profesión que la niñera había vaticinado. “No porque no les gustara la carrera, sino porque les parecía que el futuro era muy incierto. Papá era agrónomo, Mamá venía de familia de abogados y me decía que éso era mucho mejor… Estaba esa cosa de querer que me fuera bien”, alega comprensivo.

Lo cierto es que pese a los boicots, el día 25 de marzo de 1976 Marcelo comenzaba a cursar Arquitectura. Días negros para el país, la Universidad de Buenos Aires no estaba exenta de crisis, así que al poco tiempo Nougués se pasaba a la Universidad de Belgrano, donde cursaría toda su carrera alternando estudio con trabajo en varios reputados estudios de la ciudad.

“Era la época previa al Mundial, había muchísimo trabajo –estadios, hoteles, de todo-. En la escalera de la Facultad había una pegatina llena de avisos pidiendo dibujantes. Así que pude trabajar en varios lugares antes de recibirme. Con Arturo Dubourg tuve mi primer ensayo, a los 19 años. Papá era muy amigo suyo y le pidió si me tomaba. Todos los martes íbamos juntos a recorrer las obras; yo iba de oyente. También me dejaba ir a Triunvirato, al estudio, donde ordenaba planos, miraba… Después, el último año de facultad, tuve la suerte de trabajar con Ignacio Dahl Rocha: un capo. Ya recibido, me puse a trabajar solo y después me asocié con Juan Constanzó, con quien trabajamos como quince años”.

El dúo comenzó tímidamente con el reciclaje de departamentos, luego se embarcó en una casa en Zárate “que salió bastante bien”, después en una reforma de importancia en otro departamento… La voz se había echado a correr y el círculo, a rodar. “Había empezado la cadena”, redondea Nougués.

Otro ángulo

Pero ésta no es una historia lineal, ininterrumpida. (¿Existe alguna que lo sea, en realidad?). Medió por ahí una instancia que determinaría un antes y un después en su formación profesional, y seguramente también en la personal. Experiencias así, todo lo cambian.

“Al año de arrancar con Juan, se dio una beca para la que había aplicado en el Smithsonian para estudiar Historia, que es lo que más me gusta en la vida, en el Museo Cooper Hewitt de New York, que tiene uno de los archivos de arquitectura y diseño más importantes del mundo. Me fui en el 85-86, fue fascinante. Vi la arquitectura desde otro ángulo. Me cambió bastante la óptica”.

Con el fin de los estudios de posgrado llegó el clásico viaje a Europa, dedicado a recorrer y observar, despreocupado de fechas y de compromisos. De vuelta en Nueva York para buscar el título, Marcelo tuvo la alternativa de quedarse a trabajar en EEUU, pero decidió regresar a Buenos Aires. “No sé cómo me hubiera ido si me hubiese quedado… pero no me arrepiento”.

Y es que acá, mal no le fue. A la sociedad con Constanzó sucedió el montaje del estudio propio, hoy conformado por un equipo de cinco o seis arquitectos jóvenes con quienes Marcelo trabaja literalmente codo a codo. “Todos tienen un escritorio con dos sillas. Entonces yo voy rotando por las mesas y viendo el proyecto que tiene asignado cada uno. Ellos me imprimen –todavía dibujo a mano alzada, no en computadora- y yo mamarracheo arriba. Es muy divertido. No me puedo imaginar haciendo otra cosa”, concluye satisfecho.

Su obra ha sido vasta y variada. Pero si hubiera que encasillar al arquitecto en alguna especialidad, habría que mencionar que ha realizado una notable cantidad de restauraciones de departamentos antiguos. Maneja como pocos los códigos del art nouveau, del art déco y del racionalismo. Traduce como nadie sus gracias sutiles al lenguaje del diseño interior contemporáneo.

Pero qué mejor que dejar las definiciones en sus propios términos: “Me gusta muchísimo la arquitectura de interiores. Me considero un muy conciente diseñador de interiores. No un decorador; un catálogo de géneros me deja completamente bloqueado y siempre termino eligiendo ese color greige que me gusta mucho. He trabajado con cuatro socias decoradoras en mi vida, una mejor que la otra: Laura Brucco, Josefina Laferrère, Laura Orcoyen y María Victoria de las Carreras. Hago muy buen equipo con decoradoras”, sentencia.

En cuanto al estilo: “La arquitectura que hago es bastante pensada: tiene un origen clásico –porque sigue los preceptos clásicos en cuanto a proporciones, por ejemplo- y una definición moderna. No me interesa hacer una arquitectura arqueológica pero tampoco quiero ser un vanguardista. Me gusta la arquitectura que envejece bien”.

Por la cultura

Indudablemente la experiencia adquirida entre los rollos de planos y la genial biblioteca del museo neoyorkino habrá sido crucial en la interiorización de estos conceptos. Una experiencia bien teórica, por otra parte, que es un costado de la profesión que fascina a Marcelo. “Si pudiera trabajar la décima parte de lo que trabajo, me dedicaría a estudiar y enseñar. La vida académica me encanta, pero no es compatible con la actividad”, asegura.

Más allá de la imposibilidad de entregarse enteramente a la investigación y amén de las obras particulares en las que participa y que requieren una competencia específica sobre estilos, Nougués se las ha ingeniado para involucrarse en proyectos directamente relacionados con la historia y la cultura.

Uno de ellos es la Feria de Anticuarios; como integrante de la Comisión que la organiza (en el marco de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Arte Decorativo), él ha sido responsable del plano de las dos últimas ediciones de la feria. La tarea demandó toda su inventiva, porque debió trabajar sobre la planta redonda del Palais de Glace, con las dificultades de circulación que, paradójicamente, presentan los espacios circulares. Del desafío no pudo salir más airoso: “La primera vez salió bien; la segunda, bárbaro”, cuenta. Los comentarios del público y la prensa corroboraron su impresión. El evento fue un éxito: desde la organización hasta la oferta de antigüedades, la propuesta estuvo a la altura de sus referentes internacionales.

Otra aventura que lo contó entre sus filas, a la par de profesionales de lujo como Fabio Grementieri en el asesoramiento y Miriam De Ridder en la decoración -entre varios otros-, fue la restauración de Villa Ocampo, la formidable casa que perteneció a la escritora y mecenas y que, a la vera del río sin orillas, esperaba con ansiedad la hora en que alguien impidiera la aceleración de su decadencia. Nicolás Helft, designado cabeza del proyecto por UNESCO, veló por este objetivo y convocó al equipo que habría de devolverle a la mansión el ecléctico esplendor perdido. Nougués cumplió el encargo de ambientar una cafetería en la planta baja con fruición.

La cofradía

Es probable que en el transcurso de la obra, más de una vez los interiores de la Villa lo hayan transportado a su niñez en Dos Talas, la estancia de su tatarabuelo Pedro Luro en Dolores, Provincia de Buenos Aires. Mítico exponente de la Belle Epoque nacional, el campo fue el lugar donde Marcelo pasó los mejores días de su infancia.

El casco imponente, el parque diseñado por Thays, pero en igual medida la presencia de figuras como Bebé Sansinena de Elizalde -tía abuela suya, fundadora de la institución Amigos del Arte e impulsora de visitas al país como las de Le Corbusier u Ortega y Gasset- y de Lelena de Elizalde -casada con el célebre Ignacio Pirovano, sofisticada decoradora de aquel tiempo, querida como una abuela por los Nougués de la generación en cuestión- fueron imprimiendo a fuego lento el refinamiento en el chico curioso que todo lo miraba, todo lo absorbía, y sentaron las bases de su gusto exquisito.

Muchos años más tarde, la fiesta visual no ha cesado. Nougués reconoce que la mayoría de sus amigos pertenece a esa especie única que encarnan los arquitectos (de ambos géneros); que todos conforman “una especie de cofradía”, que “cuando nos juntamos, no sabemos hablar de otra cosa” y que “compartimos un código que creo tiene que ver con una manera muy estética de ver la vida”.

Marcelo Nougués paladea un vol-au-vin en el restaurante del museo donde se siente como en su casa y continúa discurriendo con humor, lucidez y agradable humildad sobre su vida y sobre su obra. La narración, tan sabrosa como el plato, escribe otro capítulo de la prolífica historia del diseño argentino contemporáneo.

Publicado en D&D 2006.

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